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Cuentos de hadas

Si se anudaba el pañuelo rojo en la cabeza, inmediatamente se convertiría en un osado pirata en busca de un tesoro escondido. La sábana era una capa que hacía invisible a quien la portara. Cada noche antes de dormir, su padre señalaba objetos de la habitación y les atribuía propiedades maravillosas. Luego inventaba una historia que llevaba al niño en volandas a mundos ficticios donde todo, absolutamente todo, era posible. Y antes de arroparle, le decía que, aunque escuchara gritos, mamá y papá no estaban enfadados, que siempre cuidarían de él.

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Como una más

El escaparate está lleno de muñecas de colección. Un sinfín de muñecas de todas las formas, tamaños y épocas que cuido con mimo y colmo de atenciones. Arreglo sus vestiditos de seda, retoco sus peinados y las ubico de forma que, dentro de la multitud, cada una parezca distinta, especial.
Veo aparecer a la niña casi a diario. Siempre sola y vistiendo un abrigo raído. Se le van las horas contemplando las muñecas, con la mirada de quien ha descubierto un coro de ángeles que habitan un paraíso inaccesible para los que no son de su condición. A mí me da cada vez más lástima ver sus ojos aferrados a lo que unos días me parece una esperanza y otros una quimera. Algo me dice que no es con tener una muñeca con lo que sueña, que lo que realmente anhela es ser una de ellas.

 

Seleccionado para el recopilatorio anual de Esta Noche Te Cuento (abril, 2020).

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Los demás

El hombre no entiende el irresistible reclamo que ejerce el mostrador para que la gente comience a hacer cola tan pronto. Ese afán por ser los primeros en entrar al avión le resulta insufrible. Mientras pierden el tiempo, él aprovecha el paréntesis sentado cómodamente, entretenido leyendo un libro o mirando maniobras de aterrizaje y despegue a través del ventanal. Con todo, no puede evitar observarles de reojo alguna que otra vez, preguntándose si advertirán su mirada de desaprobación. Deja pasar el tiempo y apura hasta que ya ha entrado todo el mundo pero, llegado el momento, descubre que es incapaz de levantarse. Su nombre resuena varias veces por los altavoces de la terminal. Nada. Pasados unos minutos vuelven a llamarle por megafonía. Última llamada. Él permanece inmóvil, con los ojos cerrados, aplazando el momento. Presiente que no va a poder soportar las miradas cargadas de reproche que le van a dirigir los demás pasajeros cuando entre tarde en el avión.

 

 

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Prejuicio

Hace rato que el niño tiene los ojos abiertos de par en par: es la primera vez que visita un circo con una exhibición de rarezas humanas. Su padre le ha llevado para enseñarle que esas personas no son atracciones de feria y que su oficio es tan digno como cualquier otro. No le cuesta demasiado. Donde los demás solo ven a un hombre con un cráneo tan reducido que parece la cabeza de un alfiler clavado en el cuerpo, el pequeño descubre a alguien alegre y lleno de talento. Es el único que escucha con interés el ingenioso monólogo de otro individuo que se mantiene de pie sobre un taburete con su tercera pierna, el resto del público ríe a carcajadas. Su entusiasmo se multiplica con cada nuevo personaje, hasta que llega a la última jaula y se queda embelesado contemplando la sonrisa de la niña camello, que nació con las rodillas dobladas hacia atrás y solo puede caminar a gatas. El padre se siente satisfecho. «Tal vez aún pueda ser alguien en la vida», piensa mientras vuelve a cubrir la cara de su hijo con una capucha antes de volver a casa.

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Abuelo incómodo

La casa vacía presenta un aspecto lúgubre, aunque eso no le preocupa demasiado. Lo que le asusta de verdad es la falta de compañía. Un espíritu alegre como él necesita rodearse de juventud, ver a sus nietos derrochando vida, jugando y correteando por los pasillos. No alcanza a comprender por qué razón su hijo y su nuera se incomodaron tanto cuando entró por sorpresa en el dormitorio. Al fin y al cabo son familia, y a estas alturas ya ha visto todo lo que había que ver. Le consuela que al menos hayan dejado la ouija, por si los nuevos inquilinos quisieran hablar con él.

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Insensible

Sabe cómo hacer dinero. Tiene ojo para las mercancías, ojo para los clientes y ojo para los empleados. El armario de su dormitorio está lleno de ojos diversos y polifacéticos, celosamente guardados en frascos individuales y perfectamente conservados. Todas las mañanas consulta su agenda y examina la colección con cuidado para encontrar los que mejor combinan con los asuntos del día. Reniega a cada rato cualquiera que sea su elección, porque rezuman un líquido incoloro que nunca reconoce como la humedad del llanto.

Seleccionado para la antología del X Certamen literario «Canyada d’Art» 2019.

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