Amores que matan

A esa mujer que a la vuelta de sus viajes cuando hace el equipaje nunca le cabe todo, le aterra la posibilidad de que haya podido dejarse algo tan importante, las discusiones siempre le hacen perder la cabeza. Sus manos navegan con impaciencia por todos los rincones de la maleta hasta vaciarla en un santiamén. Sobre la cama hay unos vestidos, un neceser, cinta americana y un pijama. Sobre la cómoda, una cuerda, ropa interior, somníferos y un frasco de colonia. Pero ese libro del que se ha enamorado no aparece por ninguna parte. Tampoco hay ni rastro de su marido.

 

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Vade retro

Todavía en el salto del sueño a la vigilia, percibe en el aire el olor del incienso, abre los ojos y se encuentra en ese otro mundo que no conoce. El individuo vestido de negro da voces rabiosas en un idioma extraño haciendo el signo de la cruz. A su lado, la joven llora y grita que ha visto al diablo. La anciana repite un susurro incesante, como una plegaria, mientras rocía con agua la habitación. Son seres degenerados en un mundo de tinieblas. Aterrado ante la posibilidad de perder la cordura, se planta en la ventana y salta, con la única esperanza de que en aquel universo de pesadilla los ángeles de la guarda puedan volar.

 

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Circularidad de los sueños

Nadie repara en aquel hombre sentado en la terraza de la cafetería que maneja el lápiz con movimientos suaves y precisos. Trazo a trazo reproduce hasta el último detalle de la vivienda abandonada que tiene enfrente. Pese a ello, solo es capaz de desterrar la sensación de que el dibujo está incompleto cuando añade una figura femenina, a la que su imaginación atribuye el hechizo de una sirena. Sin que nadie se percate, una mujer asoma por la ventana de la casa con la mirada puesta en los restos de esa antigua cafetería clausurada hace ya tiempo. Un anhelo imperioso le invita a cantar una oda al amante con el que fantasea. Su voz es de las que subyugan sin remedio. Cautivo de aquellas notas, aparece un artista con lápiz y papel en mano.

Nada de esto advierten los transeúntes que diariamente cruzan ese espacio entre la cafetería y el caserón. Como tantas otras cosas, pasan desapercibidos, transitando hacia destinos sin futuro, abarrotados de sueños que siempre acaban igual que empiezan.

 

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Narciso

Desde el día que murió todo fueron elogios a su belleza. Tanta era su soberbia que nunca congenió con sus iguales, de los que aborrecía los andares torpes y su aspecto repulsivo. Solo se aproximó a la verdad cuando dio con aquel estanque y el reflejo sobre aguas cristalinas le mostró un rostro putrefacto. A partir de aquel instante, experimentó tal desapego por la muerte, que día tras día su cuerpo fue recuperando vigor, hasta que llegó el momento en que tuvo que abandonar el cementerio para buscarse la vida. Es el más apuesto de la cola del comedor social.

 

Publicado en Cuentos para el andén, número 65.

 

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Espejismo

El hombre del pañuelo rojo camina desde hace días perdido entre las dunas. Extenuado, a punto de desvanecerse, le parece ver unas sombras a lo lejos que no alcanza a distinguir. Primero piensa que es fruto de su imaginación, pero inmediatamente estalla en sus oídos un estrépito de bombos y trompetas. La incredulidad le da fuerzas para levantarse y mirar. Abre el cortejo la banda de música interpretando un repertorio de las coplas más populares. Tras ellos, las charangas, con pocas personas pero disfraces muy vistosos. Cerrando la marcha, un niño portando una nevera con helados. El hombre disfruta del colorido del desfile, contagiado del ambiente que se respira. Anima con palmas mientras los fastuosos trajes de lentejuelas se mueven con gracia al ritmo de la percusión, deslumbrado y asombrado al mismo tiempo por el espectáculo que se desarrolla ante sus ojos. Un sorbete de limón le trae recuerdos de la infancia y parece saciar de golpe toda su sed. El día transcurre tan alegre y animado que se olvida completamente de que está perdido en el desierto. Al llegar la noche, todos comparten un campamento improvisado. Eso fue hace tres días. Desde entonces, el niño ha ido dejando por el camino los cadáveres de sus padres, sin bombos ni lentejuelas, soñando con un sorbete de limón imposible. Del hombre del pañuelo rojo, ni rastro.

 

Publicado en la revista Almiar

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Los pájaros

La primera vez que apareció uno en la ventana no le llamó demasiado la atención. La siguiente ya no fue un solo pájaro, sino una docena. Cuando descubrió en el balcón una nube de aves blancas, negras, grises, de todos los colores, en una especie de reunión sigilosa y turbadora, supo que algo iba a ocurrir. No se hablaba de otra cosa, jamás había ocurrido nada igual. En poco tiempo todo fue un caos. Se habían vuelto locos, golpeaban las puertas buscando un medio para entrar en las casas, atacaban a cualquiera que encontraban en la calle. Y mientras tanto los pájaros, siguiendo su instinto, permanecían atrincherados esperando a que los hombres se aniquilaran. Se diría que su mirada tenía un aire de compasión.

 

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Sin perdón

Hace unos días recibí una carta de mi padre. Una carta imposible, mi padre lleva muerto trece años. De él solo conservo un álbum repleto de ausencias y melancolías, de instantes que nunca existieron. Lamentaba haber vivido tanto tiempo alejados el uno del otro. Tal era su impaciencia por verme que lo había arreglado para poder venir hoy a casa. He esperado todo el día. Como siempre, no ha aparecido.

 

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