Extraños en un tren

Este es el último, he asegurado sin mucha convicción. Nos besamos con la pasión de los amantes recientes, poco importa lo demás. Cada vez que intentamos parar, uno de los dos propone otro de despedida. Llevamos cuatro, o cinco, he perdido la cuenta. Quién sabe, a lo mejor es fruto del amor a primera vista, nos hemos conocido en el tren. Bajamos al andén todavía abrazados. Suéltame tú. No, tú. Y así continuamos en una espiral sin fin hasta que le digo con amargura que tengo un encargo que no puede esperar. Estoy casada, se siente obligada a confesar. El sonido de otro tren que pasa ahoga mi respuesta. Ya lo sé, le he contestado antes de empujarla a la vía.

 

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Profesionales

«Mis órdenes son deshacerme de ti, y debo hacerlo de forma lenta y dolorosa» —dice el sicario a la forense que había descubierto lo que no debía. La víctima inicia un diálogo buscando retardar la ejecución y, como quien acude a una sesión de terapia, el asesino detalla minuciosamente todos sus planes, explicando los motivos para actuar de la forma en que lo hace. Durante ese tiempo la mujer consigue liberarse y espera una oportunidad para escapar. Sin embargo, el relato se va haciendo más interesante a medida que avanza, a la vez que la personalidad del individuo resulta cada vez más cautivadora. El sentimiento es mutuo, por lo que el monólogo se transforma en una animada conversación. El hombre la invita a cenar, no pasa nada por retrasar un poco el encargo. «No creas que hago esto con cualquiera» —afirma ella mientras abre la puerta de casa. La boda no tarda en llegar, pero el trabajo del marido le obliga a pasar mucho tiempo fuera de casa y la falta de convivencia deja huella en la relación. El entusiasmo inicial mengua con el día a día y se convierte en desinterés. Esta noche durante la cena no tienen nada de qué hablar, sólo un escueto «¿me pasas el pan?» ha roto el incómodo silencio. Ninguno de los dos se atreve a decir que ya no ve sentido en la relación. De madrugada ambos sueñan con el otro y con asuntos laborales.

 

Publicado en la revista El callejón de las once esquinas, número 4.

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Derechos humanos

Si es usted muy sensible no le recomiendo el número de los leones. El comienzo es inocuo, unos hombres entran en la pista y demuestran sus habilidades con el látigo. Es a continuación, en el instante en que aparecen las fieras para el último acto, cuando los individuos introducen la cabeza en la boca del león, confiando en que éste conserve su disposición apacible. No son comunes los percances, pero en esos casos se aconseja no mirar. Al finalizar, los leones conducen a los humanos por un túnel para devolverlos a sus jaulas. Es fundamental dejar a estos individuos sin comer los días de función para hacerlos más dóciles. Probablemente, a usted cosas como esta y las muertes prematuras de personas no le parezcan un espectáculo aceptable. Pero como recuerdan los elefantes con dilatada experiencia en lo circense, el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

 

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Sin techo

A veces duerme y no se percata de nada, aunque a menudo despierta sobresaltado por algún desconocido que se acerca más de la cuenta. Perdido el esplendor de antaño, todo ese tiempo al raso ha dejado huella. Cuando la gente le mira con miedo, e incluso asco, trata de no pensar demasiado, porque si no bebe aún más. Asiduo a los comedores sociales, repletos de personas invisibles que nadie echa de menos, ha optado por camuflarse en el museo de cera para no dormir en la calle. Como cada noche, afila los colmillos y sale a calmar su sed.

 

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Supervivientes

Encontró los restos de Bella en el castillo, la Bestia había hecho bien su trabajo. En el corazón del bosque, divisó a una muchacha inmersa en una cruel y lenta agonía que ningún príncipe iba a remediar. Por supuesto, el flautista lo tuvo fácil, los niños se le acercaron sin oponer resistencia. Y allí estaba él, incapaz de distinguir a su presa entre las tres capuchas que podía divisar. Sin duda, le habían tendido una trampa, ninguna era de color rojo, pero estaba anocheciendo y tenía que decidirse. Un minuto después, un charco de sangre envolvía la capucha azul ante decenas de cámaras aparecidas como por arte de magia. Usada como cebo, la presentadora ni siquiera lo vio venir, la ejecución del ataque a la yugular fue casi perfecta. Caperucita suspiró aliviada, una semana más estaba a salvo. El voto del público la había librado de la expulsión.

 

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Regreso al futuro

No podía seguir adelante sin ella, prefirió volver atrás. La besó después de los postres. Cenaron. Cocinó un plato especial. La invitó a cenar tras comprobar la buena química que había entre ellos. Quedaron varias veces para tomar un café, o una copa, daba igual, era una excusa. Se disculparon casi a la vez con una sonrisa tonta plantada en la cara. Simuló que tropezaba con ella por casualidad. Habiendo llegado de nuevo a ese punto, decidió no observarla en secreto de forma casi obsesiva durante semanas. Y buscó otra víctima a la que no echara tanto de menos.

 

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La vida de los otros

Lava con cuidado el vestido de novia de una boda que nunca se celebró. Plancha escrupulosamente los pantalones de un marido con el que no se ha casado. Limpia el abrigo de un hijo que no tuvo. Prefiere clientes de edad avanzada, frágiles, más próximos a la muerte. Mantener la esperanza de que nadie venga a buscar sus prendas y apropiárselas. Doblarlas con esmero, ordenarlas en el armario. Prolongar de este modo, con mayor o menor fortuna, el engaño de su propia existencia.

 

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