Identidad conflictiva

«Lo que usted diga, doctor Frankenstein» —responde el monstruo poniéndose manos a la obra. Aun cuando la piel amarillenta sea tan mórbida que deje ver las costuras del rompecabezas humano engarzado por su criatura, el doctor se entusiasma. «Se acabó la farsa» —piensa ante el espejo admirando la reconstrucción de la que ha sido objeto y sintiéndose completa por primera vez en mucho tiempo.

 

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Naturaleza inocente

Una niña sentada en el puente con los pies colgando me observa con ojos inquietos. Le llama la atención el manto de piedras pulidas, los destellos que desprenden cuando reflejan la luz del sol. Levanta un brazo y hace un gesto como si imaginara tocarlas, notar su tacto suave. A su vez, yo la contemplo admirada por su curiosidad sin límites, me intriga su capacidad para asombrarse con las cosas más elementales. De repente, se acerca a mí y, llena de júbilo, la llevo en volandas como un tobogán, en constantes subidas y bajadas, inmersas en una avalancha de gritos y adrenalina, hasta que al fin, la acerco a las piedras. Primero las roza con la punta de los dedos. Luego, un impacto violento quiebra su cráneo para acabar flotando inerte a la deriva, envuelta en una bruma roja. Cómo iba yo a saber, siendo agua en descenso perpetuo, que caer pudiera ser un gesto involuntario. O cómo una niña iba a sospechar que una corriente en la que tanta vida fluye, ocultara tan bien la muerte.

 

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Común

Nos hemos planteado decirles que se buscaran otro sitio. No porque esto sea un club privado precisamente, sino porque estamos tan hacinados que pronto acabaremos unos sobre otros. Ya sabemos que no lo decidimos nosotros, pero nos gusta dejar correr la imaginación y pensar que nuestra opinión aún cuenta. En un rato comenzarán a caer cadáveres y los afortunados harán el signo de la victoria para celebrar que no han quedado sepultados por los nuevos. Poco más tenemos para consolarnos que buscar la suerte de aparecer los primeros si de aquí a unos años no nos han olvidado del todo.

 

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Virtudes y defectos

Objetar, aunque sea cordialmente, ante cualquier omisión en una charla insustancial. Enmendar al interlocutor que comete un error gramatical por trivial que sea. Impugnar la imperfección como confirmación misma de su propio ser. Mirarse cada noche en el espejo y odiarse porque su ego no tolera que encuentre defectos en el rostro que refleja.

 

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Muerte de un bohemio

Estaba decidido a crear su obra cumbre pero no tenía dinero para pagar modelos, así que tuvo que resignarse a pintar un autorretrato. Enseguida descubrió la dificultad de plasmar los matices necesarios para evocar todas las sensaciones que requería una pieza como aquella. Pasó largas noches consumiendo alcohol y opiáceos en abundancia, con la esperanza de que le llegase la inspiración, como a tantos grandes artistas. Todo fue inútil. Supo lo que tenía que hacer cuando entendió que la hemorragia de la oreja cortada no sería suficiente para lograr el efecto que buscaba.

 

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Petición

Unas rebotaban en infinitud de paredes, como en una especie de frontón, con la esperanza de llegar a su destino. Otras llegaban en un atractivo envoltorio que disimulaba su contenido, pero reclamando a gritos su libertad. Algunas estaban ocultas, suspirando por ser descubiertas. Las palabras contenidas en indirectas, eufemismos e insinuaciones entre líneas llenaban tanto espacio que el sentimiento original parecía encogerse y perderse en un abismo verbal, comprimido como un mensaje metido en una botella y lanzado al mar sin saber si realmente llegará a su destino. De modo que se decidió. Con un ligero temblor en la voz y su mejor sonrisa, dejó ir unas palabras desnudas, entre interrogaciones, consciente de la desesperante incertidumbre que se apoderaría de él hasta saber la respuesta.

 

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Excelencia literaria

La filóloga comunica al autor que ha acabado de repasar el texto y que aún dispone de tiempo adicional. Un sistema innovador de corrección autónoma, prometía la publicidad del software. Tan singular que resultó ser una persona de carne y hueso. Al principio le había causado desconfianza por lo insólito de la propuesta, aunque con el paso del tiempo descubrió que era una bendición para un novelista mediocre como él. No se trataba solo de los errores gramaticales, cada párrafo que pasaba por las manos expertas de la correctora acababa con una prosa impecable. No hacía mucho, había recibido la noticia de que se lanzaba una nueva versión en la que se volvería a implantar un sistema automático. Por eso, aprovechando las últimas horas que le quedan, pide a la filóloga, a la que hasta este instante solo le ha mostrado fragmentos desordenados, que se lea todo lo que lleva escrito de novela y haga una última corrección. Un rato después, ella avisa de que ha acabado y se despide explicando que debe atender a otro usuario. El escritor se abalanza entusiasmado sobre el ordenador, seguro de que por fin dispondrá de un manuscrito con posibilidades. En un primer momento piensa que son los nervios e insiste, pero tras un rato de búsqueda infructuosa, se resigna. La correctora lo ha borrado todo.

 

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