Trastorno sistémico

En los últimos días de verano, mi padre comenzó a sufrir ataques de fatiga, ansiedad e incluso tristeza, como aquejado de una súbita dolencia. Al ver que se pasaba todo el día en la cama sin hacer nada, mi madre se alarmó y le convenció para que acudiéramos a urgencias. La sala de espera estaba abarrotada de turistas por la época del año, y tuvimos que esperar varias horas a que nos atendieran. Cuando por fin nos llegó el turno, tras detallarle los síntomas, el médico nos aseguró que podíamos estar tranquilos. Padecía el síndrome postvacacional, en cuanto volviéramos a casa se adaptaría de nuevo a la rutina laboral. Aunque el diagnóstico no nos había dejado demasiado satisfechos, estábamos a punto de marchar, cuando a mi hermano se le ocurrió hacer aquel comentario. Ahora no podemos salir de esta habitación, tienen la puerta cerrada a cal y canto y los médicos solo entran vestidos con trajes de seguridad para evitar cualquier contacto. Les preocupa que pueda haber más personas expuestas y ya están estudiando nuestro historial laboral para descubrir las causas. Todo porque a mi hermano le dio por aclarar que no somos turistas y que mi padre hace tiempo que no tiene ningún trabajo al que habituarse.

 

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