Extraños

Supongo que fueron los nervios del momento los que provocaron que tropezara en aquel escalón. Me acuerdo perfectamente de la cara de espanto de mi hermana cuando me vio tendida en el suelo, y de su alivio al comprobar que estaba ilesa. También soy capaz de reconstruir con bastante detalle el itinerario hasta la iglesia o las particularidades del coche alquilado para la ocasión. Lo que perdí en aquella caída fue todo recuerdo de la persona que iba a ser mi marido. Con la esperanza de que fuera un efecto pasajero, logré superar el día sin despertar sospechas para acabar poniendo el anillo a un desconocido, junto al que pasé una noche de bodas llena de excusas y sin poder conciliar el sueño ante la idea de que me tocara.
Todavía sigo sin acordarme de él. Más de una vez me ha acuciado la necesidad de desahogarme, pero a medida que pasaba el tiempo la historia sonaba cada vez más inverosímil, casi como una coartada. He encontrado una oportunidad en este grupo de mujeres que comparten problemas conyugales. Cuando me llega el turno explico toda mi historia, el tormento de vivir con alguien que resulta irreconocible, la angustiosa sensación de que tu pareja sea un completo extraño. Concluido mi testimonio me preparo resignada a escuchar murmullos de incredulidad, pero solo se respira silencio. Al levantar la cabeza encuentro unos rostros que me miran con esa especie de claridad con la que solo pueden mirarte quienes comprenden lo que dices por haberlo sentido en sus propias carnes.

 

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Rutina laboral

En mi oficina hay muy buen ambiente, cada semana nos reunimos para tomar algo y aprovechamos para intentar resolver nuestras diferencias con el jefe. Ayer, por ejemplo, le echamos somníferos en la cerveza, lo esposamos y lo tiramos al mar. Todo estaba minuciosamente planeado, atándole el peso exacto para que se hundiera con rapidez, optimizando, como él repite a menudo. Y no es que no lo hiciéramos con cuidado el día anterior cuando le atropellamos pasándole más de una vez por encima con el coche, porque si algo tenemos en este equipo es que siempre perseguimos la excelencia. Hoy ha vuelto a llegar el primero, un buen profesional no se ausenta del trabajo si no es por fuerza mayor. Un día más acechando a sus subordinados a través del cristal, buscando nuevas formas de atosigar. Nosotros hacemos como que no nos damos cuenta y fingimos trabajar mientras buscamos en internet venenos que no dejen rastro.

 

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Secretos

Tiene un aire misterioso que seduce al joven dependiente. Aparece cada semana y recorre el pasillo postergando cada paso, dedicando tiempo a todas las prendas, rozando cada tejido con la yema de los dedos. Aterciopeladas o rugosas, lisas o irregulares, no hay textura que no capte su atención, aunque nunca compra nada. A pesar de que el vendedor la observa hechizado, siempre reacciona a tiempo para preguntar si puede ayudarle, a lo que ella responde con una sonrisa y un sencillo «solo estoy mirando». Los encuentros han acabado por convertirse en rutina, una cita fugaz que solo ellos dos conocen. Una tarde, el muchacho se decide. Corre tras ella al verla salir de la tienda y le hace un gesto desde la entrada. La mujer aparta los ojos de él sin corresponder el saludo. Y entonces despliega el bastón.

 

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Ángulo de reflexión

Son gemelos que llevan años intentando parecerse. Por un capricho de la naturaleza, cada uno se ve en el otro como en un espejo. Si el primero tiene un lunar en el lado derecho de la cara, el segundo tiene el mismo lunar pero en el izquierdo. Uno es diestro y el otro zurdo. Nunca pudieron presentarse al examen del hermano ni intercambiar las novias para gastar una broma, todo el mundo aprendía pronto a reconocer algún gesto o rasgo físico para saber quién era el mellizo “derecho” y quién el “izquierdo”. Lo han intentado todo para acentuar sus semejanzas, cortes de pelo idénticos, vestir de forma similar o hablar con el mismo tono, y aún así siempre hay algo que permite adivinar sus identidades. Tras algún tiempo sin saber del otro, se han vuelto a encontrar para descubrir que han tenido la misma idea. El zurdo ha aprendido a manejar con soltura su mano derecha y el diestro la izquierda. Han eliminado sus lunares colocándose uno nuevo en el lado opuesto. Se miran en silencio, con un desconcierto que deviene en nostalgia, como si se vieran en una vieja fotografía sin reconocerse.

 

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Descalificado

Pese a cumplirse otra hora más, el debate en torno a quién padece la enfermedad más grave no desfallece. Cuando una cree llevar ventaja en la discusión con aquella insoportable jaqueca, el otro le da la réplica con un antiguo pinzamiento de un nervio que duele mucho más. No se atisba un ganador claro hasta que alguien saca a relucir una neumonía con la que supera por muy poco a un problema cardiovascular. Al salir, todos se santiguan junto al cadáver de Rufino, que ha fallecido súbitamente a causa de un trozo de chuleta atorado en las vías respiratorias y que a punto estuvo de resultar vencedor.

 

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Introspección

El mapa que cuelga de la pared muestra la ubicación de cada una de las muertes. Un círculo en rojo delimita la zona donde se conjeturó que actuaría el criminal y que ha permanecido bajo vigilancia, esperando sin éxito a que apareciera el descapotable verde turquesa al que subía a sus víctimas. El detective lo observa por un momento con gesto contrariado e inmediatamente vuelve a concentrar su atención en el perfil psicológico. Presenta baja tolerancia a la frustración, mata con el fin de alimentar su ego y da una imagen de normalidad. Las circunstancias recomiendan cerrar la investigación mientras no aparezcan más cadáveres. Su investigación. No va a permitirlo. Clava una chincheta en el mapa dentro del círculo rojo, se dirige al aparcamiento y con la capota del coche azul bajada conduce hasta el lugar que ha señalado. Algunas semanas después, un detective distinto pone otra marca en un plano. Ha confirmado el patrón, solo queda vigilar el área donde supone que el homicida actuará de nuevo y esperar a que aparezca el descapotable de color azul.

 

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Adaptación

Todo comenzó con unos misteriosos puntos oscuros que aparecían y desaparecían sin razón aparente al observar la estrella. Al principio, el astrónomo pensó que se debían al paso de planetas en órbita, aunque no tardó en rechazar esta posibilidad. También consideró la hipótesis de que fuera un enjambre de cometas, pero se necesitaban demasiados para lograr disminuir la luz de aquella manera. A pesar de las dificultades para comprender el fenómeno, no se dio por vencido y continuó buscando una explicación. Los puntos oscuros se fueron transformando en sombras con tanta rapidez que el día en que por fin desentrañó el misterio, ya convivía con la certeza de que en algún momento dejaría de ver la estrella para siempre.

Cuando el brillo se extinguió por completo, todavía se preguntaba si estaba realmente preparado para aquel instante. Tomó sus últimas notas en el ordenador con un teclado que se conocía de memoria y suspiró con la incertidumbre de quien se adentra en lo inexplorado, esperando a que el rostro envuelto en manchas que se acercaba dijera algo para estar seguro de que era el de su mujer.

 

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