Sinceridad

El poema le ha gustado tanto que he preferido dejar que pensara que era mío. Iba a advertirle del error, pero para entonces ya estaba describiendo la sensibilidad que yo desprendía, expresando su admiración por las personas que tenían ese talento para la escritura. Sin embargo, nada más entrar en su casa he comenzado a sentir remordimientos. Si me ha traído aquí, si se estremece cuando rodeo su cuello con mis brazos, es por todas las patrañas que yo misma he avivado. Estoy segura de que me voy a arrepentir si no acabo con esta comedia, por eso aprieto y aprieto hasta que deja de respirar. Antes de que piense que soy una de esas mujeres incapaces de matar una mosca.

 

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Estampa familiar

Voy a usar el papel y el lápiz que hallamos entre los restos del naufragio para dibujar este hermoso paisaje de palmeras y aguas cristalinas, por mucho que mi padre insista en emplearlos para enviar un mensaje de socorro. Parece evidente que ni la solitud de la isla, ni vernos forzados a enfrentarnos juntos a un entorno incierto, van a cambiar nuestra relación. Es la imagen de toda la vida, yo soportando su menosprecio por mi arte mientras él me mira con el gesto torcido y una botella vacía en la mano.

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Superstición

Los sacerdotes cinéfilos no deberían practicar exorcismos. Estos dos, por ejemplo, llevan un buen rato esperando que la cabeza de la niña realice un giro inverosímil de trescientos sesenta grados para comprobar que el suyo funciona. La desesperación les impulsa a dar ellos mismos vueltas alrededor de la cama, como si todo se redujera a rotar de una forma u otra. Con tanto alboroto, no es extraño que la chiquilla haya vomitado el puré de guisantes y lance unos gritos tan frenéticos que uno diría que la ha poseído el diablo.

 

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Falsa disyuntiva

Por todas partes surgen figuras agónicas con paso torpe y mirada perdida. El niño está habituado a verlos sin que le sobresalte su aspecto, que en condiciones normales estremecería a cualquier adulto. Lo que le causa verdadera angustia es pensar que puede llegar a ser como ellos. Nada le produce más horror que la perspectiva de rendirse a los apetitos que les dominan, ese ansia por morder carne humana.
Permanece oculto con su familia en un sótano y mientras su padre sale a buscar desesperado una comida que nunca aparece, él descansa acurrucado entre las piernas de su madre. Ni se da cuenta de que les falta otro pedazo de muslo cuando una voz familiar le despierta diciendo que se acerque a cenar.

 

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Animales de granja

Aparta la vista del microscopio y se frota los ojos vencido por el cansancio. El número de bebés muertos alcanza cifras preocupantes y hace mucho que ha avisado de que esta epidemia podría suponer el fin de la especie humana. El gobierno, interesado en no alarmar a la sociedad, sostiene que si la civilización ha evolucionado hasta el punto de eliminar prácticamente todas las enfermedades, superar una más solo será cuestión de tiempo. Y sin embargo, los datos demuestran todo lo contrario, en pocas semanas los efectos van a resultar devastadores. Las glándulas humedecen la piel verde del científico, como las gotas de sudor que resbalan por la frente de los humanos cuando están nerviosos. Teme que el virus deje a sus descendientes sin alimentos.

 

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Extraños

Supongo que fueron los nervios del momento los que provocaron que tropezara en aquel escalón. Me acuerdo perfectamente de la cara de espanto de mi hermana cuando me vio tendida en el suelo, y de su alivio al comprobar que estaba ilesa. También soy capaz de reconstruir con bastante detalle el itinerario hasta la iglesia o las particularidades del coche alquilado para la ocasión. Lo que perdí en aquella caída fue todo recuerdo de la persona que iba a ser mi marido. Con la esperanza de que fuera un efecto pasajero, logré superar el día sin despertar sospechas para acabar poniendo el anillo a un desconocido, junto al que pasé una noche de bodas llena de excusas y sin poder conciliar el sueño ante la idea de que me tocara.
Todavía sigo sin acordarme de él. Más de una vez me ha acuciado la necesidad de desahogarme, pero a medida que pasaba el tiempo la historia sonaba cada vez más inverosímil, casi como una coartada. He encontrado una oportunidad en este grupo de mujeres que comparten problemas conyugales. Cuando me llega el turno explico toda mi historia, el tormento de vivir con alguien que resulta irreconocible, la angustiosa sensación de que tu pareja sea un completo extraño. Concluido mi testimonio me preparo resignada a escuchar murmullos de incredulidad, pero solo se respira silencio. Al levantar la cabeza encuentro unos rostros que me miran con esa especie de claridad con la que solo pueden mirarte quienes comprenden lo que dices por haberlo sentido en sus propias carnes.

 

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Rutina laboral

En mi oficina hay muy buen ambiente, cada semana nos reunimos para tomar algo y aprovechamos para intentar resolver nuestras diferencias con el jefe. Ayer, por ejemplo, le echamos somníferos en la cerveza, lo esposamos y lo tiramos al mar. Todo estaba minuciosamente planeado, atándole el peso exacto para que se hundiera con rapidez, optimizando, como él repite a menudo. Y no es que no lo hiciéramos con cuidado el día anterior cuando le atropellamos pasándole más de una vez por encima con el coche, porque si algo tenemos en este equipo es que siempre perseguimos la excelencia. Hoy ha vuelto a llegar el primero, un buen profesional no se ausenta del trabajo si no es por fuerza mayor. Un día más acechando a sus subordinados a través del cristal, buscando nuevas formas de atosigar. Nosotros hacemos como que no nos damos cuenta y fingimos trabajar mientras buscamos en internet venenos que no dejen rastro.

 

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